13 abril, 2014

Madrid

madrid

Haciendo honor a la promesa que hice meses atrás, he vuelto a Madrid a pasar un tiempo con mis primos.
Mis pequeños renacuajos aún en el mundo de yupi. Tan felices ellos...

Un punto en contra para mí es su ferviente pasión por el fútbol. Un deporte que no está mal, pero tampoco es que me quite el sueño.
En parte es inevitable que sean así, viniendo de Senegal. Allí el fútbol se respira en el ambiente. Y los jóvenes dedican su vida a este deporte, que no sale nunca de su cuadro de enfoque.

En ese aspecto, el raro soy yo. Lo mío es el baloncesto. Y además mis intereses son muy dispersos como para prestarle tanta atención a una sola cosa.

Sabía a lo que me atenía al venir aquí. Así que con el fin de lograr mi propósito lo antes posible, es decir, relajarme, decidí participar en la excursión familiar. Primero fuimos a un bonito parque de Alcorcón donde jugamos al fútbol hasta agotar nuestras reservas corporales de agua.

primos en el parque

Más tarde fuimos al estadio del Real Madrid. Les observé mientras caminábamos por los alrededores. Tenían unas ganas tremendas de entrar a verlo, ¿y quién era yo para oponerme a sus ilusiones?
Les pagué la visita al estadio y yo me senté paciente a leer la última novela de Patrick Rothfuss.

Para aclarar esto, he de decir que no soy el típico turista. Si fuese a China y la muralla no me transmitiese nada, no me molestaría en hacerle una foto.

Me entretuve parte del tiempo observando a los fanáticos madridistas haciendo millones de fotos y posando con sus camisetas de fútbol de 70€.
En conjunto, el ser humano pese al paso del tiempo mantiene la idolatría como parte de su subconsciente. El tributo a una imagen.

Dejando de lado el fútbol. No deja de sorprenderme, en contraste con el levante español lo grande que es todo aquí. Especialmente las distancias de un lugar a otro. Tan disperso todo. Será por ese algo en común que me gusta tanto Madrid. Resulta que el dicho tiene su razón de ser. Pues ancha es Castilla.

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