11 julio, 2015

A la luz de una vela


Me encontré una calurosa noche de julio sentado en la oscuridad de mi cuarto. Solo una vela alumbraba mi escritorio, bajo la que leía fascinantes historias de tiempos viejos y nuevos. Era el siglo XXI, pero esa noche la intensa luz eléctrica me molestaba; eran los tiempos de la tecnología, pero mientras mi ordenador permanecía en segundo plano, silencioso y abandonado, yo escribía a mano; era sábado, pero no sentí necesidad de relacionarme y socializar, era mi tiempo de soledad. Un tiempo valioso del que me gusta disfrutar, en el que exprimo y compruebo hasta dónde llega mi potencial. El valor está en los sueños, dijo un escritor, y los míos se pueden realizar, de modo que entre otras cosas en mi tiempo libre hago lo que mejor se me da, pensar.

Alguna vez me he preguntado la razón por la que algunas personas huyen bajo cualquier pretexto de la soledad. ¿Hay algo en sí mismos que temen, quizá? ¿Precisan compañia para llenar algún vacío o sencillamente se aburren a sí mismos? No lo sé, la verdad.
Yo no suelo aburrirme, y no termino de comprender el concepto. Para mí, si dispones de libertad no hay espacio para el aburrimiento, pero eso es sólo lo que yo creo, quizás al fin y al cabo, sea más limitado de lo que me gusta pensar.

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