31 agosto, 2015

La ciudad bohemia

viaje

Un buen día salí de trabajar con un viaje planeado. Un viaje a la ciudad bohemia. Necesitaba viajar y alejarme de mi enfermedad. También buscaba el consejo y la sabiduría de la única persona que podía ayudarme en aquel momento. Me levanté de la cama apresuradamente al darme cuenta de que llegaba tarde, muy tarde. Tenía todo planificado; y a no ser que fuese capaz de despejarme, ducharme, cepillarme los dientes, planchar la ropa recién lavada y hacer la maleta en menos de 30 minutos, llegaría tarde. Algo imperdonable. Pero fui capaz.

Quizá la falta de café, té o algún estimulante matutino no me permitiera ver que iba con el pelo medio enjabonado, y puede que sólo estuviese medio afeitado, pero lo importante es que llegué a tiempo. Sabía que me había dejado algo importante en casa, pero en palabras prestadas, lo más importante estaba ya de camino, y muy puntual.
Me faltó poco para parar y aplaudirme al llegar justo a tiempo a la estación, ¿pero cómo explicar a alguien que llegaste tarde por satisfacer un estúpido y momentáneo arranque de autoreconocimiento y orgullo personal? Mejor en otra ocasión.

Una vez en el tren, tras localizar uno de mis asientos tipo y colocar la maleta, tuve el primer momento de relajación del día.
Andaba yo pensando en lo curioso que resulta cuando te encuentras a alguien de tu pasado y vives una especie de regresión temporal, cuando entraron unos chicos escandalosos que me sacaron de mi placidez; tras reprenderlos con la mirada pero sin ganas de armar jaleos, decidí cambiar de vagón.

vista desde el tren

Instalado ya en mi nuevo asiento, levanté la vista y me di cuenta de que tenía justo enfrente a mi profesora de educación física de primaria, a la que no veía desde haría al menos diez años.
Tenía delante a una de las maestras que había ayudado a formarme como persona. De repente dejé de ser el hombre seguro y confiado que suelo ser con mis iguales. No había cabida en mí para el ego; los juegos de posición y fuerza social que uno ejerce de forma inconsciente con amigos y compañeros no encajaban en el contexto, pues no éramos iguales, no en mi mente. Ella era una educadora y yo fui su pupilo. Me sentí humilde y pequeño, pero libre, como lo es un niño: sin cargas, prejuicios ni dogmas.

Tras una breve pero gratificante conversación, saqué el teléfono para consultar mis horarios; en el reflejo del aparato había observándome un niño de tez morena y labios gruesos, de ojos grandes y confiada sonrisa. Una sonrisa que parecía decir: «sé algo que tú no sabes».

little Uss

Me vi transportado a los años 90, a los tiempos en que iba al colegio Montdúver, la fortaleza roja del aprendizaje y los deportes.
Desgraciadamente, hay niños que sufren en su paso por la etapa colegial. Para los poco afortunados esta etapa puede ser muy dura, yo sin embargo, la disfruté de pleno. Gocé de la infancia al máximo de mis posibilidades; exprimí cada segundo jugando, corriendo, cayendo y peleando, haciendo amigos y rivales, discutiendo, practicando deporte y aprendiendo de todo lo que me rodeaba, mientras mi cerebro absorbía y crecía. Junto a mis amigos gané medallas y trofeos en basket y atletismo, alguna que otra niña rompió mi precoz corazón, hicimos también nuestros pinitos en volleyball y fútbol. Fueron tiempos espléndidos; malísimos y buenísimos, como todo debe ser en la infancia, superlativo.

De pequeño fui pura energía en movimiento, por eso ahora me permito ser un quasiadulto tranquilo. Hay excepciones para todo, pero me gusta considerarme una persona sosegada, que avanza por la vida con una meta definida. Por supuesto haciendo eses y perdiéndome a veces, pero avanzando constante hacia el cambio, firme hacia las aventuras y dificultades que inevitablemente nos acechan y aguardan en el trayecto. El propósito creo, tanto en éste como en la vida, es poder decir al final: Fue un buen viaje. Y éste lo fue.
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3 comentarios:

  1. Hola,

    a mí no me ha ocurrido lo que tú aquí relatas, pero sí se crea un contraste en mi ánimo al ponerme, a nivel personal, en la escena. Si yo me encontrara a un profesor de los que tuve en primaria o secundaria pasaría, con mucha probabilidad, lo siguiente:

    1. Que lo evitara con toda diligencia (siempre ando mirando a todo el mundo para asegurarme de que no hay nadie conocido a la vista, y, si lo hay, sacar un "informe" de la situación para sacar en claro el procedimiento a seguir).

    2. Si fuera demasiado tarde como para actuar, es decir, que no hubiera forma humana de zafarse del profesor sin este se diera cuenta de lo desagradable de mi comportamiento evasivo, entonces iniciaría una conversación de lo más cortés aunque por dentro clamaría de fastidio y de irritación conmigo mismo (por no haber estado lo suficientemente fino como para ejecutar la primera acción).

    Esto es porque, salvo dos o tres casos, no he tenido profesor que fuera decente, y sólo de pensar en la resignación tan penosa que me causaba estar sometido a semejante pandilla de ineptos arrogantes durante tantos años, se me agria el corazón.

    Me alegra que pasaras una buena etapa en tu infancia e hicieras todas esas cosas gratificantes. Supongo que yo entraría en ese grupo de «niños que sufren en su etapa colegial». Era exactamente igual que estar en una prisión, solo que en este caso absurda, pues no había hecho nada malo para merecer semejante exasperación. De hecho, hasta el año pasado estaba todavía estudiando y mis palabras entre hora y hora más repetidas eran «¿Pero qué hago en este infierno?» o «Dios, llévame pronto», entre resoplidos profundos y unas ganas no desdeñables de que un tiranosaurio rex atravesara la pared y se llevara al profesor por los aires (y, ojo, que muchos alumnos... tela; y de eso también hay mucho que hablar).

    Gracias por tu experiencia. Un saludo.

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  2. Hola Alex,

    Me has hecho reír con la descripción de tu reacción probable, el punto 2 es muy bueno =D.
    Sé que nuestro sistema educativo tiene mucho de desfasado; y por el nivel que veo en tu blog está claro que superaste muy pronto los 'objetivos' de la educación primaria y que esos años te supieron a poco. Pero viendo el lado positivo: como dices, ya estás fuera.

    Saludos!

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    1. Hola Usman,

      me temo que fui un pésimo estudiante con una pericia nada desdeñable para cazar el suficiente, ni una centésima más y ni una menos (¡qué sentido del equilibrio se requiere para atinar en el cinco!). Repetí dos veces curso. Aunque como estaba todo el día en Babia desarrollé un poco la capacidad de fantasear (cosa más mala que buena, por cierto). Pero, como bien dices, ya estoy fuera, y eso es algo ENTERAMENTE positivo, jajaja.

      Un saludo.

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