28 junio, 2018

Carrera en la autopista


Admito ser uno de esos hombres que con 27 años aún no sabía conducir. Vivía en un mundo diferente, sin prisas y a mi ritmo. Y hasta los 28 no me he sacado el permiso. Durante 10 años he sido ese amigo al que todos llevan en un momento u otro; aunque más que nada he sido un caminante. Como pasajero mi destino no dependía de mí, sino de otros. Yo sugería, pero no decidía. Y cuando podía hacerlo, era usando mis piernas como vehículo.

En mis tiempo de jugador de baloncesto caminaba a diario con mi pelota, botando de arriba a abajo en todo rincón posible. También me sobrevuela algún recuerdo de mi época de árbitro de fútbol, caminando de un pueblo a otro cada fin de semana, cansado tras dos o tres partidos. Todo para evitar esperar dos horas al autobús. Tanto era caminar parte de mí, que una vez incluso volví caminando de Francia a España cruzando los Pirineos.

Conducir lo cambia todo. Las comodidades, la velocidad, el tiempo ganado; pero también la sensación de certidumbre. Seamos o no conscientes de ello, es mucho ese todo que cambia. Hoy en día, al pilotar un vehículo de 100 caballos de potencia, desplazándonos a tales velocidades, estamos alterando el conocimiento genético que durante decenas de miles de años la consciencia colectiva almacenó en nuestros cuerpos, respecto a cómo funciona y cómo percibimos el espacio que nos rodea, el tiempo, y sus posibilidades.


Nuestra percepción al conducir, al controlar la hora de salida y la velocidad, pese a ganar horas y horas, es de que siempre podemos llegar antes. Más rápido. Ganar más tiempo. Olvidando los años en que caminábamos toda una hora para recorrer cinco kilómetros. Y claro, ahora cien kilómetros en una hora no es suficiente.No nos basta con 20 veces más que antes. Queremos más. Siempre queremos más, tratamos de ganarle tiempo al mismísimo tiempo. Los hay que conducen como si les fuese la vida en ello, y por desgracia a más de uno se le va en ello.


A más de uno, y como hombre entono el mea culpa, nos sucede que al pasarnos peligrosa y descaradamente uno de estos sujetos, que además te provocan, piensas: «Ah sí, pues mi coche también es rápido». Y le seguimos la pista con brío de un carril a otro, como si no hubiera mañana. Yo he aprendido la lección. Por suerte sin sustos ni accidentes, a base de reflexión.
Tradad de acallar esa voz soberbia que dice que sois más rápidos, más listos o mejores conductores, y seguid vuestro propio camino. Muchos errores cometemos persiguiendo el camino de otros, las ideas de otros, las acciones de otros. Racionalmente suena absurdo seguir a la carrera a alguien que hará peligrar tu vida, pero nuestra condición biológica viene de serie con esos impulsos viscerales que a falta de firme voluntad, son más fuertes que la razón.


Cada uno debiera viajar a su propio ritmo. Hay coches grandes y pequeños, más viejos y más nuevos, los hay de formas y colores, pero su función principal es llevarnos a nuestro destino. Quizás no sea absurdo restarle importancia a qué coche conducimos y valorar lo que tenemos haciendo un correcto uso del mismo. Porque desconozcamos el abecedario, la digamos en arameo o tratemos de compararla con la letra D, la A no deja de ser A.

Veamos... ¿dónde estaba yo? Sí, hablaba de coches, porque todo esto se me ocurrió pensando en autopistas. Las autopistas tienen algo curioso, y es que aunque conducir te da control del lugar al que vas y el ritmo al que te desplazas, ellas te obligan a cambiar el esquema. A romper con tu ritmo. Allí todos debemos ir a la misma velocidad, la más alta permitida. El fenómeno de la autopista radica en que una vez la tomamos, en caso de errar la elección, perdimos todo control de cuándo podremos apearnos. Para introducirnos en ella debemos revolucionar el motor, y en ese momento no se puede pensar, sino actuar. Cuando hay que pensar es antes de la acción. Porque si la decisión es incorrecta, nuestra acción inicial toma vida propia y nos convierte de nuevo en pasajeros, pero esta vez no de un amigo, sino de la señora fortuna. Y ésta no es siempre benevolente. Es hora de tomar el control.


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10 junio, 2018

La vía de la censura

censura mafalda

Hoy en día todo el mundo es susceptible. Demasiado.

Me comentaban hace un tiempo, mientras cenábamos en el trabajo, que habían multado con 30 000€ por racismo a un equipo de fútbol que llevaba 1 semana haciendo jornadas contra el racismo. Lo curioso es que les multaban por una de esas iniciativas antiracistas. ¿Contradictorio verdad? El fútbol no me apasiona, pero la noticia sacó a relucir un tema interesante: la hipersensibilidad.

Hablo desde la experiencia cuando digo que hay mucho racismo en el mundo, pero estamos pasando de marcar los límites naturales del respeto, a cruzar en silencio los lindes de de la represión. Yo por ejemplo, soy negro. Vengo de África, no de la tropical, como decía el anuncio. Y personalmente, no me gusta que me llamen 'negrito'. Lo tolero una vez por desconocimiento, pero a la segunda me lo tomo como una falta de respeto. Los habrán que al contrario, prefieran 'negrito' a 'negro'. Pero al final son todo detalles, cada uno con sus susceptibilidades. A alguien cercano, por ejemplo, uno le permite cosas que no toleraría de un desconocido, todo es cuestión de contexto.
El error es vivir con miedo a trasgredir u ofender sin motivo aparente. Se trata de ser inteligentes y estudiar tanto el contexto de las cosas como el carácter de las personas con las que nos comunicamos.

Decía un compañero, ante esta situación, que nos autocensuramos nosotros mismos. Que hoy en día, por cualquier cosa lo tachan a uno de racista, machista o xenófobo, y para evitarlo, callamos todo lo que pueda llevar a conflicto. Pero a veces los pequeños rifirrafes traen consigo progresos, diálogo y entendimiento. «Vivimos tiempos peores en cuanto a libertades, que los 80», decía el español; y en mi opinión no se equivoca. Pasamos de unos extremos a otros. No restemos importancia a los hechos, ojo. Hay mucho racismo, hay mucha xenofobia y mucho machismo. Aunque no por ello se ha de vivir con pies de plomo. Las intenciones cuentan.

dicotomia
Según los ojos que miren...

En general, cuando cumplimos dos años, es costumbre que para establecer nuestra identidad y distinguirnos como seres independientes de nuestros padres, usemos el NO. A cualquier cosa que nos ordenen, nosotros rotundamente nos negamos. Es el primer método de autoafirmación. Así sentamos las bases de nuestra identidad. Un método fantástico y práctico, a los dos años. Es mi humilde opinión, que pasada esa fase hay mejores formas de modificar un paradigma injusto, que la posición visceralmente opuesta.

«Pasamos de un extremo a otro, en una dicotomía sin términos medios ni progresión real», comentó el ruso. Y es así, existen los grises. No todo es blanco o negro. Pero sociológicamente el gris nos resulta invisible. O peor aún, inexistente. Armonía, equilibrio, mesura, templanza. Son palabras tan en desuso, que quizás la gente haya olvidado también su significado e importancia. Recordad que no somos binarios. Nuestro espectro es infinito. Existe tantas opciones como personas. Nuestro comportamiento autorrepresivo actual es tan absurdo como si una persona instruida y educada, decide dejar de hablar para comunicarse con gritos y gruñidos. Son miles y miles de años de evolución, es hora de abrir los pliegues del abanico.

Tras conversar largo y tendido en sus 30 minutos de cena, el tema no daba ya para más, los tres se miraron y habló el español:
—Los peores son los rusos—dijo sin atisbo de duda.
—Por eso me marché de ahí —respondió el ruso, con sonrisa jocosa.
—Así hay que tomarse las cosas—añadió el senegalés entre risas. Tras lo cual todos volvieron al trabajo, en aquel hotel tan variopinto, intercultural y aún así, armonioso.

terraza hotel

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